Hace años, cuenta Ofelia
—quien se ocupa de preparar cocteles y algunas delicias gastronómicas en el
Hotel Plaza de La Habana—, "coger las entradas para el ballet en Cuba era
muy fácil. Te estoy hablando del año 85, 90, cuando pocas personas iban al
ballet. Ahora cuesta un trabajo… Se hacen unas colas muy grandes cuando
empiezan a vender las entradas”. Y es que "hacer la cola" en la isla
es una actividad recurrente cuando el olfato cubano detecta lo que es bueno, y
el Ballet Nacional de Cuba —declarado Patrimonio Cultural de la Nación el
pasado el 5 de julio— es uno de los más grandes tesoros de la isla, junto al
Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso (GTH), el cual reabrió sus puertas el 1
de enero de 2016, tras una exhaustiva restauración que duró tres años.
El edificio, ubicado en Centro
Habana, inició como un pequeño foro llamado Tacón, construido entre 1834 y
1837. En 1906, gallegos instalados en Cuba lo compraron por unos 525 mil pesos
de la época, además de la manzana en la que se encontraba, para construir el
Palacio Social del Centro Gallego de La Habana, en el que, de 1907 a 1915, se
llevaban a cabo eventos sociales de la comunidad gallega. A partir de 1915 el
recinto se dividió en el Teatro Nacional y Palacio Social. Por eso existen dos
entradas principales. Antes, según Ofelia, "no había mucho público para
las funciones, e incluso se crearon círculos de amigos del ballet en centros de
trabajo, en los que se estimulaba a las personas para conocer y disfrutar de
esta manifestación artística"
Raúl Guerrero Palomino.

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